sábado, 23 de mayo de 2015

Práctica VII. La educación en 2030, M. Teresa Tomás Megías

¡No, no y no! Me niego... Yo que tanto me resistí a usar la tecnología en el aula... ¡Quién me iba a decir a mí que sin ella no podría afrontar mi trabajo! Lo sé, pensaréis... ¿Tan imprescindible es la pantalla que, habiendo estudiado una carrera durante años, no eres capaz de enfrentarte a tus alumnos de frente, cara a cara, con una tiza y un libro, como toda la vida (tu vida académica pasada)? Pues sí, soy capaz, sería capaz. Pero estamos en 2030, y las cosas están así: pantalla, ordenador, puntero, teclado, clases virtuales y alumnos que no conoces; que te ven desde sus pantallas, que ni se les pasa por la cabeza el hecho de encontrarse contigo; que únicamente te escuchan (si es que lo hacen) y te ven desde la otra parte de su monitor; tan tranquilamente en sus casas; en pijama, a la hora que quieren; cuando les apetece ingerir conocimiento; o cuando sus padres les obligan.
-Te lo advertí- Estarás pensando. -Lo veía venir- Querrás decirme. Pero yo no lo vi llegar. Me resistí a que la Educación fuera tan superficial como lo pretende ser ahora. Era interesante cuando aprendí a enseñar literatura mediante el uso de las TIC; cuando las redes sociales se convirtieron en la plataforma idónea para difundir información relevante; para realizar trabajos mediante su uso; cuando nuestros alumnos se motivaban con aquellos proyectos que mezclaban destrezas, conocimiento, tecnología... y lo mejor de todo: ¡relaciones afectivas!. Todo era perfecto cuando aprendimos a congeniar el conocimiento con la tecnología y pudimos usar estas para el aprendizaje y adquisición del mismo. Sin embargo, ahora, ¡cómo ha cambiado todo! ¿En qué nos hemos convertido? En máquinas que intentan transmitir esos conocimientos a través de la pantalla; pero eso ya no tiene ningún sentido si quienes lo reciben no son capaces de comunicarse con el resto de iguales; implicarse en los proyectos propuestos y retroalimentarse del conocimiento ajeno. ¿Se aprende igual a través de la pantalla? No. Por supuesto que no. Estuvo bien aquella maravillosa (y fugaz) etapa en la que los profesores consiguieron compaginar información, conocimiento y tecnología con la implicación directa de quienes querían aprender. Y de quienes no querían, pues atraídos por este medio, se veían envueltos en el aprendizaje aun sin darse cuenta. Y colaboraban. Y trabajaban (siempre con excepciones). Hoy, la educación ha quedado relegada a la pantalla. El libro tradicional llora su muerte y el profesor lleno de conocimiento que quería desprenderlo a sus alumnos no tiene más remedio que sentarse frente al ordenador y charlar para una minoría que hace como que quiere aprender.

De repente desperté. Di gracias porque la pesadilla había terminado. Me levanté de la cama y me dirigí al Instituto. Tablet en mano y con el Proyecto bien diseñado para que el aprendizaje de mis alumnos fuera eficaz a la par que actualizado. Me alegré al verlos entrar en el aula, encender sus libretas electrónicas, estar entusiasmados por el nuevo proyecto que íbamos a comenzar. Eso de la enseñanza virtual en la distancia había quedado en una horrible pesadilla que no quería recordar. La Educación en 2030 había avanzado, sí, hasta el punto de que el Aprendizaje Basado en Proyectos se había adueñado de ella. ¡Qué gran genialidad! Pero no había llegado al extremo, aún, de realizarse desde casa, sin acudir al centro y simplemente encender la pantalla cuando a uno le apetecía. Y así ha de seguir. Educación, Tecnología, Proyectos innovadores que implican al alumno y hacen que aprenda a base de trabajo colaborativo, didácticas activas (como bien nos transmitió el gran Pep aquel día de Máster en la UA) y fusión de literatura, lengua y ganas de aprender. Motivación, aprender haciendo y mucho trabajo del profesor que después el alumno culminará con su aportación. Esta sí es la realidad del 2030, realidad que me recuerda cada día que un alumno disfruta con lo que propongo en el aula por qué elegí dedicarme a ello.  

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